La fresca madurez de The Strokes

The Strokes, la banda que revitalizó el rock de guitarras en los albores del siglo XXI, está de vuelta y demuestra que es posible sonar fresco en plena madurez, aunque en su nuevo álbum de estudio, “The New Abnormal”, rehuyan ejercicios experimentales en favor de las bases fundamentales de su éxito.

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La fresca madurez de The Strokes

En una época en la que las listas de éxitos prácticamente han dejado de serlo, el quinteto estadounidense se mantiene como uno de sus escasos y fieles baluartes de referencia, razón quizás que les ha llevado a bautizar el disco de esa manera, “la nueva anormalidad” en su traducción al español.

Curiosa ya fue la forma de anunciarlo, durante un mitin del senador Bernie Sanders en su postulación como candidato demócrata a la presidencia de EE.UU., y atípico es también el contexto en el que llega al mercado, con una pandemia que hará difícil que cumplan fechas en vivo como la del Primavera Sound barcelonés en agosto.

Vaya por delante que este primer LP en 7 años no es “Is This It” (2001), aquel primer disco que cautivó a media humanidad desde el Nueva York del 11-S con riffs electrizantes. Pero tampoco lo pretende.

“Sé lo que queréis, pero lo odio”, ya anticipaba en un reciente concierto en Londres Julian Casablancas, la voz al frente del conjunto en el que también milita Albert Hammond Jr. y que comenzó a trabajar tímidamente en este álbum en 2016.

Las comparaciones entre su sexto disco de estudio y su debut serán numerosas en cualquier caso, sobre todo porque la calidad del conjunto les acerca a su mejor estado de forma, superior al menos a la de “Angles” (2011) o “Comedown Machine” (2013), cuando su continuidad se ponía en entredicho.

Basta escuchar los primeros acordes para reconocer su firma en esos sencillos pero pegadizos juegos de acordes. Afortunadamente, en “The New Abnormal” el estallido nostálgico está lo suficientemente bien ejecutado como para no resultar forzado o desesperado.

Desde el título del tema de apertura, “The Adults Are Taking”, dejan claro que su posición de partida no es la de pasar por jóvenes de veintitantos, sino cuarentañeros que quieren volver a pasárselo bien.

La mejor prueba de todo esto es “Brooklyn Bridges To The Chorus”. No es “Last Nite”, pero el tercer corte del álbum es lo más parecido a un gran bombazo de The Strokes y deja claro con sus sintetizadores discotequeros y su adhesión al “glam-rock” que el grupo anda juguetón.

Producido por Rick Rubin en los estudios Shangri-La de Malibu, el álbum retine algo de la brillante pátina californiana en temas como la bobalicona “Eternal Summer”, quizás el único de los nueve cortes que podría despertar algunas divisiones.

Sin rellenos, en su reivindicación de un pasado vívido, guitarrero y despreocupado sobresale “Bad Decisions”, que incluye un guiño al “Dancing With Myself” de Billy Idol y fue escogido como una de las cartas de presentación.

Como contraste destacan piezas desaceleradas como “Selfless” o “Not The Same Anymore”, en la que convierten en un poderoso caudal creativo el impulso contrario, el que alude al proceso de crecer y envejecer, al de abandonar sueños que se estampan contra puertas cerradas.

Paradójicamente este “The New Abnormal” será para muchos una fantasía convertida en realidad, la de volver a tener en liza a The Strokes haciendo lo que mejor saben hacer desde un sonido redondo de banda que acumula ya dos décadas de experiencia.

EFE

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