El panorama del transporte privado en el estado Aragua ha cambiado drásticamente en los últimos años. Las esquinas y centros comerciales de Maracay, que antes bullían de pasajeros en busca de una carrera rápida, hoy son testigos de una tensa calma.

Los taxistas tradicionales, aquellos que han dedicado décadas de su vida a recorrer las calles de la ciudad, se encuentran hoy en una encrucijada donde convergen la proliferación de aplicaciones móviles de transporte, la crisis del combustible y el golpeado bolsillo del ciudadano común.
En las inmediaciones del reconocido centro comercial del sector Parque Aragua, un punto neurálgico que conecta diversas rutas de la entidad, la merma del trabajo es una realidad palpable. Sin embargo, la experiencia obliga a buscar alternativas para mantenerse a flote en un mercado cada vez más reducido.
Para los profesionales del volante con mayor trayectoria, la irrupción de plataformas digitales de transporte, lejos de ser una oportunidad representa un factor de descapitalización.

La tarifa que imponen estas aplicaciones no cubre, a su juicio, el desgaste operativo de los vehículos en la Venezuela actual.
Eleazar Blanco, un taxista que hace vida en la parada de Parque Aragua, es tajante al fijar su postura sobre afiliarse a estos sistemas de telefonía móvil.
«No, Dios me guarde. Ni lo haré, no me parece», afirma categóricamente. «Para el usuario es una opción buena a nivel de costo, pero para el que presta el servicio no es negocio, porque los precios no se ajustan a la realidad. Si yo voy a trabajar un mes para acabar el carro y después quedarme sin él no tiene sentido. Yo prefiero trabajar, lo que yo hago es mío, yo no tengo que estarle entregando lo que yo me gano a otro que no le cuesta nada mi vehículo», subrayó.
Esta visión es compartida por Simón Moreno, quien acumula una década de experiencia en el oficio. Para Moreno, el margen de ganancia de las aplicaciones es insostenible para un conductor independiente.
«Eso no da la base porque una carrera de aquí a La Cooperativa son dos o tres dólares, ir a buscarlo y llevarlo… no, eso no va conmigo», explica.
Ante la agresiva competencia digital, la estrategia de supervivencia de Moreno ha sido la fidelización de sus usuarios habituales, asegurando que el verdadero respiro económico llega con los clientes fijos. «Eso es lo que ayuda a uno, más que todo», recalcó.
Las tarifas supervisadas
El acceso a la gasolina sigue siendo uno de los nudos críticos para el sector transporte en la región. Las realidades varían entre las peripecias para surtir a precio subsidiado y el alto costo de la tarifa dolarizada, lo que impacta directamente en las jornadas de trabajo.



Eleazar Blanco señala que para su dinámica diaria depende única y exclusivamente del combustible a precio internacional de 0,50 dólares por litro, prefiriendo ignorar los canales subsidiados debido a las irregularidades del entorno.
«El otro combustible para mí no existe, o sea, yo no lo utilizo. Ni siquiera lo tomo en cuenta, porque eso es una mafia en las bombas, ¿cómo se echa gasolina ahí? Ni se sabe», denuncia.
Por su parte, Félix Aguilar, un profesional con 28 años de trayectoria en el taxeo, expone las limitaciones del esquema de subsidio actual.
«Nos dan un subsidio semanal de 40 litros, pero eso se nos va a veces en un viajecito que tú puedas hacer casualmente o a veces no te da. Deberían por lo menos darnos dos veces a la semana para uno poder trabajar mejor», propone Aguilar, matizando que la situación actual del gremio se encuentra sumamente «floja» en comparación con los años dorados de la profesión.
A pesar de los costos operativos, los transportistas intentan mantener un tabulador base que sea medianamente rentable para ellos y accesible para la comunidad. Actualmente, una carrera corta dentro del casco central o hacia zonas cercanas como hacia el sector Las Delicias se ubica en un mínimo de 3 dólares.
Para destinos interurbanos, los precios escalan: un viaje a Turmero promedia los 10 dólares, hacia el centro de Cagua se sitúa en 15 dólares, y rutas más largas hacia sectores como Corinsa alcanzan los 20 dólares.
No obstante, en la Maracay de hoy, el precio final nunca está tallado en piedra. La flexibilidad y la empatía juegan un rol crucial en cada negociación. Blanco reconoce que la rigidez de las tarifas choca con la realidad del pasajero, por lo que el consenso es la regla de oro: «Este es un servicio de acuerdo. Llega la persona ‘tengo tanto’ y uno comprende que la situación no está para ellos ni para nosotros, entonces uno igualito le presta el servicio».
Economía complicada
El declive de la actividad no es un hecho aislado, sino el síntoma de una pérdida generalizada del poder adquisitivo que afecta de manera directa a la clase trabajadora del sector público, tradicional dinamizadora del consumo local.
Félix Aguilar analiza el problema desde una perspectiva macroeconómica, vinculando directamente la escasez de pasajeros de larga distancia con la realidad salarial de sectores profesionales clave como la educación y la salud.
«Estamos esperando de verdad que se active otra vez para ver si volvemos a activar nuestro trabajo como era antes, que había movimiento, uno salía a la playa, viajaba a todas partes del país», rememora Aguilar con nostalgia.
«Estamos esperando que el trabajador público tenga su sueldo digno, que son los educadores, los enfermeros, los médicos. Ellos antes llegaban al terminal y decían: ‘Mira, necesito ir a Maturín, necesito un viaje a visitar mi familia o agarrar vacaciones’. Uno cumplía con ese servicio y por lo menos uno aguantaba y tenía cómo llevar para la casa. Hoy en día ya eso no se ve porque realmente el poder adquisitivo es bajo», recordó.
A pesar de las dificultades y del drástico cambio en las dinámicas de movilidad urbana, el optimismo histórico del trabajador aragüeño se mantiene intacto. Entre colas para surtir combustible, negociaciones con los pasajeros y la persistente competencia de las pantallas táctiles, los taxistas tradicionales de Maracay se niegan a apagar el motor. Como bien resume Aguilar al mirar hacia el futuro del gremio en las calles del estado: «Las esperanzas son las últimas que se pierden», sentenció.
LINO HIDALGO | elsiglo
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