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Relatos de ultratumba aragüeña

Con su característico estilo narrativo y su pasión por rescatar la tradición oral venezolana, el investigador y creador de «Horror en la Ciudad», José Bordón, conversó con elsiglo para compartir algunas de las historias, tragedias y leyendas urbanas que han marcado la memoria colectiva de Maracay.

Los Niños de Ceniza de Santa Cruz, una historia poco conocida


A propósito de su investigación, compartió con este medio una recopilación de las leyendas más estremecedoras, que según sus relatos, conforman el imaginario paranormal de la entidad.

LA CAPILLA DE LAS MONJAS
En Turmero, estado Aragua, se levanta una pequeña capilla que guarda una de las leyendas más inquietantes del lugar: la historia de tres hermanas Carmelitas que perdieron la vida en un trágico accidente automovilístico el 10 de septiembre de 1952. Aquel día, una fuerte lluvia cubría la región cuando la ranchera en la que viajaban hacia Caracas chocó de frente contra un camión de cervezas en la vía industrial. Sólo sobrevivieron la conductora y una de las religiosas, la madre Camila.


En memoria de las fallecidas, la comunidad construyó una capilla justo frente al lugar del siniestro.


Con el paso de los años, los vecinos comenzaron a hablar de apariciones misteriosas.


Se decía que las almas de las monjas se manifestaban en la carretera para proteger a los viajeros y evitar nuevos accidentes. La historia más célebre es la de Eulogio Rodríguez, un conductor de la línea Turmero-Maracay, que una madrugada en 1966 recogió a una monja que le pidió llevarla a Caracas porque debía visitar a una hermana moribunda.


Durante el trayecto, Eulogio sintió paz, aunque algo en la mujer le resultaba extraño. Al llegar al monasterio en Los Chorros, ella entró prometiendo pagar el viaje, pero nunca regresó. Cuando él tocó la puerta, otra monja lo atendió, y tras escuchar su relato, le mostró una fotografía: era la misma mujer que él había llevado… una de las religiosas muertas en el accidente de 1952.


Desconcertado, Eulogio comprendió que había transportado a un alma en pena. La monja le explicó que su «hermana moribunda» era ella misma, y que los espíritus de las tres Carmelitas se habían quedado en esa vía para salvar a los conductores de muertes seguras.
Al volver a Turmero, Eulogio descubrió que esa madrugada, en el mismo tramo por donde pasó, otro vehículo había chocado fatalmente, justo a la hora en que él viajaba con la misteriosa pasajera.


Desde entonces, se cree que las «monjas de la capilla» aparecen en noches lluviosas para guiar a los choferes y evitar tragedias. Aunque la capilla fue demolida y reconstruida en 2001, los turmereños aún dejan flores en el lugar, convencidos de que las tres hermanas Carmelitas siguen cuidando la carretera y a todo aquel que pasa por allí con fe en el corazón.

LA ESCULTURA DEL COLUMPIO
La obra ‘Después del salón de clases’, del artista Asdrúbal Figuera, se volvió el centro de un mito urbano cuando varios vecinos aseguraron que la escultura -una niña en un columpio- se movía sola durante las noches.

La escultura del columpio, un elemento icónico de la ciudad


Alexander Hernández relató haber pasado frente a ella una noche oscura y notar que la figura no estaba.


Otra historia más escalofriante cuenta que una mujer, tras detenerse por una falla en su carro, vio a la escultura detrás de ella, señalando un matorral. Horrorizada, logró huir, y al mirar atrás, la niña volvía a mecerse en su sitio. Luego descubrió que en el monte se escondía un hombre, quizás el verdadero peligro. Hoy la pieza reposa en el taller del maestro Figuera.

LOS NIÑOS DE CENIZA
En el apacible pueblo de Santa Cruz, estado Aragua, una vieja capilla junto a la carretera hacia Cagua guarda uno de los relatos más escalofriantes del lugar. Construida a principios del siglo XX, es considerada la protectora de los viajeros nocturnos, aunque también escenario de un suceso que marcó para siempre a una familia del pueblo.


La historia llegó a oídos del investigador a través de Carlos Rodríguez, un docente que en una actividad escolar escuchó el relato de Monserrat, una joven estudiante que decidió contar una tragedia ocurrida a su abuela y su tía en 1988.


Aquel año, Betania y María Inés, ayudantes de la iglesia local, fueron enviadas a limpiar los altares de la capilla. El sacerdote les advirtió que no movieran unas viejas figuras de madera, ennegrecidas por el fuego y relacionadas con un antiguo incendio del pueblo. Sin embargo, por descuido, las mujeres las retiraron del altar y olvidaron devolverlas a su sitio.


Esa noche, al regresar a casa por la solitaria carretera, comenzaron a vivir lo inexplicable: la radio repetía una misma canción sin fin, los árboles parecían interminables y el tiempo se detenía. Tras más de una hora, atrapadas en un bucle de oscuridad vieron a cuatro niños cubiertos de cenizas llorando junto a la vía.


Compadecidas, las mujeres los subieron al carro para llevarlos hasta la capilla. Los pequeños, con rostros borrosos y un olor extraño, comenzaron a hablar en susurros y luego a entonar un trabalenguas macabro, en el que cada verso hablaba de muerte. De pronto, las risas se transformaron en alaridos y rugidos de animales; los niños mostraron una fuerza inhumana y les impidieron girar la cabeza.


Entre oraciones y pánico, las mujeres aceleraron hasta divisar la capilla iluminada. Al pasar frente a ella, los sonidos cesaron. Al mirar atrás, los niños habían desaparecido. Pero el terror no terminó ahí: el carro perdió los frenos y se estrelló contra una pared. María Inés murió en el acto, y Betania, tras sobrevivir, narró la historia que su nieta Monserrat reveló años después.


Desde entonces, los pobladores aseguran ver en las noches sin luna, figuras de niños corriendo entre las sombras y el humo, como si huyeran de un incendio eterno. Dicen que pertenecen a aquellas almas atrapadas en las antiguas quemas del pueblo durante la Guerra Federal.


La leyenda de Los niños de cenizas dejó una advertencia grabada en la memoria de Santa Cruz: «Si volteas, te convertirás en cenizas… un alma condenada a vagar en la oscuridad».

HERNÁN GONZÁLEZ