La violencia es el mal de la humanidad, y para levantar una voluntad global contra ese flagelo, el mundo ha centrado todos sus esfuerzos en la fecha del 2 de octubre, en señal de recordación para con Gandhi, el día de su natalicio.

Esta conmemoración, establecida por la Asamblea General de las Naciones Unidas, es más que un simple recordatorio histórico; es una declaración universal que subraya que la convivencia humana debe basarse en el respeto mutuo y la dignidad de cada persona, y no en el abuso de la fuerza. La fecha reafirma la urgencia de resolver los conflictos a través de la justicia, la reconciliación y el diálogo, reconociendo que la violencia es un factor que, lejos de solucionar las diferencias, sólo las agrava.
La elección del 2 de octubre no es casual, y la respuesta es tan sencilla como profunda: coincide con el natalicio de Mohandas Karamchand Gandhi, una figura cuyo impacto trascendió las fronteras de la India para influir en movimientos de derechos civiles y de liberación en todo el mundo. Gandhi, líder destacado del movimiento de independencia de la India contra el dominio del Raj británico, fue un pensador, político, abogado y pacifista indio.

Gandhi, nació en 1869 y asesinado trágicamente en 1948, no sólo lideró una nación, sino que instauró y popularizó métodos de lucha social totalmente novedosos, como la huelga de hambre como herramienta de presión moral. Su prédica se centró en la ahimsa (no violencia) y el Satyagraha (fuerza de la verdad) como medios supremos para resistir al dominio opresor. Desde 1919, Gandhi lideró el movimiento nacionalista indio, defendiendo la total fidelidad a los dictados de la conciencia personal, llegando incluso a la desobediencia civil no violenta como último recurso moral. Su camino lo llevó a ser merecedor del nombre honorífico de «Mahatma» (alma grande), otorgado por el poeta y Premio Nóbel Rabindranath Tagore.
La filosofía de Gandhi se centra en los pilares de la no violencia, la verdad, la justicia y la búsqueda constante de la paz, tanto interior como exterior. Estas ideas se resumen perfectamente en sus frases:
«Si quieres cambiar al mundo, cámbiate a ti mismo». Esta es la base de su filosofía. Gandhi creía que el cambio social y político comienza con la transformación individual. No se puede exigir a otros una pureza o moralidad que uno mismo no practica. Si se desea un mundo más pacífico, honesto o justo, es imperativo incorporar primero esas cualidades en la propia vida, convirtiéndose en el ejemplo vívido del cambio que se busca promover.

«Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras. Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos. Cuida tus actos, porque se convertirán en tus hábitos. Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino». Esta profunda reflexión describe la cadena de causalidad que va desde el fuero interno de la mente hasta la realidad externa. El control personal y la moralidad deben comenzar en el nivel más fundamental: el pensamiento. Un cambio en el destino de una persona, o de una nación, es el resultado acumulado de pequeños cambios en la forma en que pensamos, hablamos y actuamos diariamente, demostrando que la semilla de la paz se siembra en la conciencia.
Otras frases de Gandhi revelan la fragilidad del agresor y el peligro de la inacción:
«La violencia es el miedo a los ideales de los demás». Gandhi interpretaba la violencia no como una muestra de fuerza, sino como una manifestación de debilidad e inseguridad. Cuando un individuo o un grupo recurren a la violencia, lo hace por el temor que le inspira la fuerza moral o la popularidad de las ideas del oponente. La violencia intenta suprimir la verdad y la libre expresión porque el violento carece del coraje o los argumentos para enfrentarlas pacíficamente.
«Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala, es el silencio de la gente buena». Esta frase subraya la responsabilidad moral que recae sobre cada individuo. Para Gandhi, la maldad no sólo reside en quien perpetra el acto violento o injusto, sino también en aquellos que, teniendo la capacidad de oponerse y de alzar la voz, eligen permanecer en silencio. El silencio cómplice de la «gente buena» es lo que permite que la injusticia y la maldad persistan y se expandan sin resistencia.
«Ojo por ojo y el mundo acabará ciego». Esta es una crítica directa y devastadora al concepto de venganza y la ley del talión. Resaltaba que responder a la violencia o la injusticia con más violencia crea un ciclo interminable de represalias. La única vía para detener esta espiral destructiva es mediante la práctica activa de la no violencia, el entendimiento y el perdón. Si la humanidad se rige por la venganza, el resultado final no es la justicia, sino la destrucción total, tanto en el sentido moral como literal.
«Lo que se obtiene con violencia, solamente se puede mantener con violencia». Gandhi afirmaba que los logros obtenidos por la fuerza carecen de legitimidad moral y son inestables. Un régimen, una posesión o un acuerdo impuesto mediante la agresión sólo pueden sostenerse a través de la represión constante y el miedo. En contraste, lo que se consigue mediante la verdad, la justicia y el diálogo se mantiene por el consenso y el apoyo popular, construyendo una paz genuina y duradera.
CONSTRUIR LA PAZ EMPIEZA DESDE EL HOGAR
La práctica de la no violencia se cultiva desde los cimientos de la sociedad. En este sentido, el padre Jesús Díaz comentó que la educación para la paz comienza inevitablemente en lo cotidiano y en el hogar. «Los niños aprenden lo que ven, no sólo de lo que se les dice, sino de lo que ellos observan. Cuando los papás en casa resuelven sus diferencias con diálogo y respeto, están sembrando en sus hijos una cultura de paz».

La escuela, por su parte, enfrenta el reto crucial de formar no sólo en conocimientos académicos, sino en valores esenciales. Estos valores incluyen aprender a escuchar atentamente, la capacidad de ponerse en el lugar del otro, conversar, resolver los conflictos dialogando y fundamentalmente aprender a perdonar. La paz se cultiva a través de esos pequeños gestos, desde compartir un juego hasta aprender a expresar las emociones y las ideas sin agredir o imponerse sobre el otro.
El padre Díaz también destacó una cultura que históricamente ha incentivado la agresión. «Muchas veces hemos sido educados en el hecho de que se nos decía, bueno, cuando usted vaya a la escuela y le den un golpe, usted trate de darle más duro, trate de darle más fuerte. Ha sido una cultura en la cual se ha tratado de incentivar la violencia a través de una respuesta más violenta».
Por ello, el llamado es a cortar esa cadena de violencia. Ello implica recurrir a las instancias adecuadas para resolver los conflictos y evitar caer en la trampa de usar la violencia como la única forma para conseguir la justicia. Díaz envió un mensaje, en sintonía con el magisterio de la iglesia. «Me gusta mucho una frase que expresaba el papa Francisco, que decía que como sociedad estamos llamados a construir puentes y no muros. Yo creo que la reconciliación es primordial, tenemos que reconciliarnos en lugar de dividirnos».
La paz, enfatizó, no debe confundirse con la ausencia total de conflictos, sino con «la capacidad de saberlos afrontar con respeto, buscando las soluciones que nos dignifiquen a todos». El futuro sólo es posible desde el entendimiento, la cooperación y la justicia. «No hay un futuro posible en la violencia, y eso lo podemos ver en los lugares donde hay conflictos en este momento en el mundo. No hay solución a través de la guerra. El verdadero futuro se construye con una justicia, una solidaridad y la esperanza, para ello es necesario el diálogo, siempre hay que apostar por el diálogo».

LA VIOLENCIA EN LA MIRA DE LA PSICOLOGÍA SOCIAL
Desde la perspectiva de la salud mental y la sociedad, la psicóloga Oriana Bracho, mencionó que esta fecha no es sólo un recordatorio histórico, sino una invitación urgente y profunda a repensar cómo nos relacionamos, cómo educamos y cómo construimos nuestra sociedad.
«En un mundo donde el conflicto muchas veces se resuelve desde la imposición o el silencio, necesitamos visibilizar que existen otras formas. Celebrar la no violencia es reconocer que el respeto, el diálogo y la empatía son herramientas poderosas de la transformación humana», expresó Bracho. La meta es honrar a quienes han elegido caminos de paz y colectivamente, «cortar con este patrón disruptivo, que es la violencia. Elevemos la voz para que juntos podamos construir un mundo mejor».

La educación de las nuevas generaciones desde el hogar es prioritaria. «Podemos modelar con el ejemplo, escuchando sin juzgar, nombrando las emociones y mostrando que el desacuerdo no implica ruptura, enseñar a establecer límites sanos. Desde la escuela, creando espacios seguros donde el error sea oportunidad y el conflicto una posibilidad de aprender a convivir. Educar en paz es enseñar a poner palabras donde antes había gritos y puentes donde antes habían muros», indicó la psicóloga.
Bracho también hizo hincapié en la importancia de las redes sociales como herramienta masiva para seguir difundiendo contenidos positivos y decir no a la violencia digital. A su vez, puntualizó que la paz no es un estado pasivo, sino una decisión activa, valiente y cotidiana. «Que cada gesto cuenta: una palabra que calma, una mirada que comprende, una acción que dignifica. Que la no violencia no es sólo ausencia de agresión, sino presencia de justicia, de ternura y de humanidad».
En el contexto venezolano, donde la resiliencia es una característica definitoria, el llamado a la no violencia es una necesidad urgente y una esperanza compartida. La no violencia no significa resignación ante la injusticia, sino la capacidad de alzar la voz con respeto, de tender la mano en medio del desacuerdo y de construir un futuro partiendo del dolor sin replicar los patrones destructivos.
«Es reconocer que cada persona, sin importar su historia, merece ser tratada con dignidad. Desde los hogares, escuelas y comunidades podemos sembrar paz con palabras que sanan, con gestos que unen, con acciones que transforman. Porque la paz no se impone, se cultiva, se enseña y se contagia. A los venezolanos, que nunca nos falte la ternura, incluso en los momentos más duros, que el amor por nuestra tierra nos inspire a cuidarnos unos de los otros», concluyó la psicóloga Bracho, reforzando la idea de que el verdadero futuro de la sociedad se construye con diálogos sinceros y un compromiso inquebrantable con la dignidad humana.
FABIOLA RODRÍGUEZ
GM









