Con más de 120 años de historia en Venezuela, la Congregación de las Hermanas Agustinas Recoletas del Sagrado Corazón de Jesús continúa siendo un faro de esperanza y caridad para los más necesitados.

Fundada en 1901 por la Madre María de San José y Monseñor López Aveledo, esta comunidad religiosa nació en medio de una época marcada por enfermedades, pobreza y desamparo, con la misión clara de servir a los pobres y aliviar el sufrimiento humano en nombre de Dios.
«La Congregación no nació fundando hospitales. Fue al revés, en los hospitales por ellos fundados nació la Congregación. No es que nace la Congregación y luego busca una obra, sino que surgió como una respuesta de amor a una necesidad real», explicó la hermana Gracelia Molina, religiosa Agustina Recoleta del Corazón de Jesús.
Desde sus inicios, las religiosas trabajaron incansablemente en hospitales, casas para huérfanos, leprocomios, y hogares para indigentes. En tiempos de pandemia y confinamiento, como ocurrió durante la gripe española, sus fundadores y primeras hermanas estuvieron en primera línea atendiendo a enfermos y desvalidos, encarnando el mensaje de San Agustín «Ama y haz lo que quieras».

«Nosotras seguimos ese mismo camino. Nuestra labor no busca retribución ni reconocimiento. Trabajamos por amor a Dios y por el bien de los más desfavorecidos, de los que no tienen cómo pagarnos el bien que les hacemos», explicó.
Hoy, la Congregación cuenta con 16 comunidades en Venezuela y tres casas fuera del país, ubicadas en Brasil, Perú y Chile. Cada una mantiene vivo el espíritu fundacional de servicio a los más necesitados a través de múltiples obras sociales y evangelizadoras.
Entre sus principales obras destacan los ancianatos y casas hogares, ocho de ellas activas, incluyendo una en Brasil que brinda atención integral a niñas víctimas de abuso, los colegios, y el hostiario, donde las religiosas elaboran y distribuyen de forma gratuita las hostias para la celebración eucarística.
Además, su labor se extiende a la catequesis, la formación espiritual, la música y la danza litúrgica, así como a la visita de cárceles y hospitales, la atención a niños y jóvenes, y la evangelización en redes sociales, adaptándose a los tiempos modernos sin perder la esencia de su carisma.

A más de un siglo de su fundación, las Hermanas Agustinas Recoletas del Sagrado Corazón de Jesús siguen fieles a la frase que las inspira, «vamos allí donde la Iglesia nos necesite».
«Donde veamos una necesidad y podamos servir, allí estaremos. Los desechados de todos, esos que nadie quiere recibir, son los nuestros. Y mientras haya un pobre, un enfermo o un alma que necesite consuelo, ahí estarán las hijas de la Madre María de San José, haciendo vida el amor de Cristo», aseveró.
COMEDOR DIVINA PROVIDENCIA:
UNA OBRA QUE ALIMENTA EL CUERPO Y ALMA
En el corazón de la obra social de las Hermanas Agustinas Recoletas del Sagrado Corazón de Jesús, destaca una misión que día tras día multiplica la esperanza entre los más necesitados, el Comedor Divina Providencia, un espacio donde la fe se convierte en pan y la caridad en acción concreta.
Desde su sede, ubicada en Los Teques, estado Miranda, las religiosas junto a un grupo de jóvenes formandas, postulantes, novicias y voluntarios, preparan diariamente alimentos para más de 1.500 personas de escasos recursos, incluyendo privados de libertad y comunidades vulnerables que reciben el sustento físico y espiritual que brota de esta obra.
La hermana María Archila, una de las responsables del comedor, explicó que esta labor ha crecido significativamente desde el año 2016, cuando comenzaron a atender una cifra que se ha mantenido hasta hoy.

«Este comedor se llama Divina Providencia porque realmente es sostenido por la gracia de Dios. Papá Dios es quien quiere saciar el hambre y el corazón de cada uno de esos pobres que vienen. Nosotras sólo somos sus manos», expresó con devoción.
Cada día, antes del amanecer, las hermanas inician su rutina entre la oración y el trabajo.
«Encendemos las ollas a las 4:00 de la mañana. Mientras los granos se ablandan, vivimos nuestra jornada de oración, laudes, meditación y Eucaristía. Luego, a partir de las 7:30 u 8:00 de la mañana comenzamos la preparación de los alimentos, verduras, arroz y la proteína principal», detalló la hermana Archila.
La labor no se detiene ni un solo día. De lunes a sábado las religiosas y sus colaboradoras reparten cientos de platos calientes a quienes acuden con hambre y esperanza. Los fines de semana, el trabajo continúa, especialmente con la preparación de alimentos destinados a los centros penitenciarios, donde también se comparte el mensaje de amor y dignidad humana que inspira a la Congregación.
El Comedor Divina Providencia no cuenta con grandes recursos económicos ni apoyo institucional. Todo se sostiene gracias a las donaciones y a la fe inquebrantable de las hermanas en la providencia divina.
«Somos totalmente sostenidas por la Divina Providencia. No tenemos un presupuesto fijo, Dios se encarga de mover los corazones de quienes colaboran con esta obra», aseguró la religiosa.
Por su parte, la hermana María Victoria Lejet, destacó que detrás de cada plato de comida hay una cadena de esfuerzo, fe y compromiso.
Formandas, postulantes, novicias y hermanas se turnan en los fogones, aprendiendo y sirviendo con alegría. A ellas se suman voluntarios, algunos de los mismos beneficiarios del comedor, quienes retribuyen con su ayuda lo que reciben con gratitud.

«Hay señoras que nos ayudan a picar verduras, hombres que bajan las ollas pesadas, y una señora fija en la cocina. Son parte de nuestro equipo, personas que se han sentido identificadas con esta misión», comentó.
El Comedor Divina Providencia no sólo ofrece alimento físico, sino también consuelo, escucha y acompañamiento espiritual. Cada plato servido lleva consigo una porción de fe, esperanza y ternura.
«Seguimos el ejemplo de nuestra Madre María de San José, quien siempre entregó su corazón a los pobres con amor y docilidad al Espíritu Santo. Ella nos enseñó que el que sirve a un pobre, sirve al mismo Cristo», recordó la hermana Lejet.
Más que un comedor, este espacio se ha convertido en un refugio de dignidad y fe para miles de personas.
HERNÁN GONZÁLEZ
GM
