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Habitantes de El Limón convierten la plaza en refugio ante los apagones

Cada noche, cuando se producen los acostumbrados cortes eléctricos, los vecinos del municipio Mario Briceño Iragorry (MBI) no se resignan al calor y la falta de comunicación. En lugar de quedarse en casa, caminan hacia la plaza Bolívar de El Limón. Allí los espera un bien escaso: el Wifi público y la compañía de otros que viven su mismo malestar.

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Nelson Quintero: «niños hasta adultos mayores, buscan conectar sus teléfonos a la red gratuita

La crisis eléctrica golpea con fuerza esta zona del estado Aragua. Los cortes diarios, según denuncian los residentes, superan en muchos casos lo que las personas pueden tolerar. Mientras la gestión oficial habla de racionamientos de cuatro a cinco horas, en sectores como El Progreso la oscuridad se extiende hasta siete horas seguidas. Ante una casa que se vuelve inhabitable, la plaza se ha transformado en un oasis digital.

Nelson Quintero, vecino del sector Las Mayas, explicó que las familias comienzan a llegar al espacio público hasta media hora antes del apagón. «Es una migración preventiva», señaló. Grupos enteros, desde niños hasta adultos mayores, buscan asegurar un puesto donde puedan conectar sus teléfonos a la red gratuita.

Quintero describe la experiencia como «agradable» y «chévere» por el ambiente social, aunque reconoce que huir del hogar para encontrar servicios básicos revela una realidad anómala. Aun cuando la plaza se queda sin luz, los habitantes prefieren quedarse allí y aprovechan para socializar con familia y vecinos.

Para muchos, la conexión no es un lujo sino una necesidad. El wifi de la plaza permite la comunicación con familiares en el extranjero. Los dispositivos móviles se convierten en la única ventana al entretenimiento y la información durante jornadas de más de cinco horas sin energía. «La locura de cinco horas diarias de oscuridad», enfatizo Quintero, se sobrelleva mejor en grupo.

El drama invisible

Sin embargo, no todos pueden refugiarse en la plaza. Edgar Tovar, residente del sector Las Mayas y cuidador de un hijo enfermo, enfrenta una realidad más dura. Él debe regresar a su casa justo cuando inicia el apagón, a las seis de la tarde, para atender al paciente.

«La administración de medicamentos y el monitoreo se hacen a la luz de velas», relató Tovar. Las fluctuaciones de voltaje, además, han dañado tres televisores y una nevera en su hogar. Mientras otros ciudadanos escapan a la oscuridad, los cuidadores quedan confinados en un entorno de riesgo, sin posibilidad de acceder al respiro que ofrece la plaza.

Tovar confirma que su patrimonio familiar se ha descapitalizado sin mecanismos de compensación. La crisis eléctrica no solo apaga las luces: destruye los pocos bienes que una familia posee.

Apagones más largos

Luis Cabrera, habitante del sector El Progreso, aseguró que, mientras el horario oficial anuncia cuatro horas de corte, en su comunidad la suspensión alcanza las siete horas diarias.

«La falta de cumplimiento de un horario impide planificar lo más básico», afirmó Cabrera. Esta incertidumbre constante afecta de manera desproporcionada a las amas de casa, responsables de la alimentación de la familia y las tareas domésticas que la electricidad facilita. También los niños pierden sus herramientas pedagógicas y de recreación. Sin computadoras ni televisores funcionales, la educación y el juego quedan suspendidos.

Lo que ocurre en la plaza Bolívar de El Limón no es un simple acto de resistencia vecinal. Es un síntoma de que el hogar ha dejado de ser un refugio. Cuando una comunidad prefiere la intemperie pública antes que la oscuridad privada, la falla no está en los generadores, sino en la promesa incumplida de un derecho humano fundamental: la energía estable para vivir con dignidad.

RODOLFO GAMARRA|elsiglo

CJL