Durante años, el edificio Renacer fue simplemente una dirección más de la calle Félix María Paredes, en La Victoria. Sus pasillos guardaban la rutina de maestros jubilados, adultos mayores y familias que hicieron de aquel lugar mucho más que un conjunto de apartamentos. Sin embargo, desde la tarde del pasado 24 de junio, sus paredes comenzaron a conservar una historia distinta, marcada por el miedo, la incertidumbre y, al mismo tiempo, por una profunda muestra de solidaridad que hoy mantiene de pie a toda una comunidad.

A casi dos semanas del histórico doble terremoto que estremeció buena parte del país, el edificio continúa mostrando las cicatrices que dejó el movimiento telúrico. Las grietas todavía permanecen visibles en varios espacios, mientras cuadrillas de obreros trabajan diariamente en la recuperación de las áreas más comprometidas. No obstante, para quienes viven allí, la verdadera reconstrucción comenzó mucho antes de que aparecieran las herramientas y el cemento.
Basta atravesar la entrada principal para comprender que el ambiente es diferente. En el lobby ya no predominan únicamente las conversaciones cotidianas entre vecinos. Ahora también se escuchan palabras de aliento, llegan cajas con ayuda, voluntarios preguntan qué hace falta y especialistas ofrecen acompañamiento psicológico para ayudar a sanar heridas que no siempre pueden verse.
El edificio continúa llamándose Renacer, pero hoy ese nombre parece describir mejor que nunca la realidad de quienes lo habitan.

LA TARDE EN QUE TODO CAMBIÓ
Sentada en uno de los espacios comunes del inmueble, Daiver Paredes, integrante de la junta de condominio y residente desde hace varios años, todavía revive con absoluta claridad lo ocurrido aquella tarde del 24 de junio. Aunque ha transcurrido más de una semana, reconoce que cerrar los ojos sigue siendo suficiente para regresar a esos minutos que cambiaron la vida de todos.

«Fue muy difícil», expresa antes de guardar unos segundos de silencio. Explica que durante los dos movimientos sísmicos la desesperación se apoderó del edificio. Mientras todo se sacudía violentamente, únicamente alcanzaba a escuchar los gritos de los vecinos que, al igual que ella, intentaban abandonar sus apartamentos sin comprender exactamente qué estaba ocurriendo.
Los nervios jugaron una mala pasada a muchos residentes. Algunos trataban de abrir las puertas, pero la angustia hacía que cada segundo pareciera eterno. Cuando finalmente lograron salir, la escena fue todavía más impactante. Fragmentos de mampostería comenzaron a desprenderse del edificio ante la mirada de quienes apenas buscaban ponerse a salvo.
«A los niños eso les quedó muy marcado. Muchos todavía hablan de cómo vieron caer pedazos del edificio. Fue algo muy fuerte y muy feo», recuerda.
A pesar de la magnitud del evento, en el Renacer no hubo personas fallecidas ni lesionadas. Sin embargo, las consecuencias sobre la infraestructura obligaron a iniciar una serie de inspecciones técnicas que permitieron determinar las condiciones reales del inmueble.
Durante las evaluaciones realizadas por los organismos especializados se confirmó que 16 apartamentos, ubicados principalmente entre los tres primeros niveles, presentaron afectaciones relacionadas con mampostería y paredes internas. Como medida preventiva, seis familias tuvieron que desalojar temporalmente sus viviendas mientras continúan desarrollándose los trabajos correspondientes.
MÁS ALLÁ DE LAS GRIETAS
Mientras los especialistas avanzaban con las inspecciones, los habitantes del edificio comenzaron a enfrentar otro desafío; aprender a convivir con el miedo. La Comisión de Contingencia conformada tras el fenómeno natural clasificó al Renacer dentro del color amarillo del Semáforo de Habitabilidad, lo que significa que la estructura permanece apta para ser ocupada, aunque requiere intervenciones y un seguimiento permanente debido a los daños registrados en elementos no estructurales.

Desde entonces, ingenieros, personal técnico y cuadrillas de construcción han visitado el inmueble de manera constante para ejecutar las reparaciones más urgentes. Al recorrer sus pasillos todavía es posible observar paredes intervenidas, materiales de construcción y trabajadores que avanzan poco a poco en la recuperación de los espacios afectados.
No obstante, Daiver Paredes asegura que la ayuda no llegó únicamente desde el punto de vista técnico.
«Desde el primer día no nos han dejado solos», afirma con serenidad.
Recuerda que prácticamente desde las primeras horas posteriores al movimiento telúrico comenzaron a llegar autoridades municipales y regionales, organismos de prevención, instituciones públicas y, sobre todo, personas que jamás habían visto antes, pero que decidieron acercarse únicamente para tender una mano.
Alimentos, ropa, medicamentos, agua potable, artículos de primera necesidad y palabras de aliento comenzaron a formar parte de la rutina diaria de quienes
permanecían en el edificio. Incluso, mientras el equipo de elsiglo realizaba este recorrido, varias cajas con donaciones eran entregadas a los vecinos, quienes las recibían con la misma gratitud con la que han enfrentado cada jornada desde aquella tarde.
Para muchos residentes, especialmente los adultos mayores, esos gestos terminaron siendo tan importantes como cualquier reparación física.
Y es que el edificio Renacer posee una característica muy particular, buena parte de sus habitantes son personas de la tercera edad, muchos de ellos docentes jubilados que hoy conviven con patologías como hipertensión arterial, diabetes y otras enfermedades propias de la edad.

Esa realidad convirtió el acompañamiento humano en una necesidad tan importante como el cemento que hoy fortalece nuevamente algunas paredes.
Consciente de ello, un equipo de profesionales de la psicología también comenzó a desarrollar jornadas de atención emocional dirigidas a los residentes, permitiéndoles expresar temores, compartir experiencias y encontrar herramientas para enfrentar un proceso que, aunque avanza, todavía continúa dejando huellas.
UNA COMUNIDAD QUE DECIDIÓ PERMANECER UNIDA
Las seis familias que debieron abandonar preventivamente sus apartamentos encontraron refugio en casas de familiares, amigos y, en muchos casos, de sus propios vecinos.

Algunos ofrecieron habitaciones; otros, espacios para resguardar muebles y pertenencias. También hubo quienes simplemente acompañaron a quienes más lo necesitaban, convencidos de que, en momentos como estos, la solidaridad no siempre se mide por lo material.
«La comunidad ha sido extraordinaria. Aquí todos nos conocemos y todos hemos tratado de apoyarnos. Lo importante es que somos luchadores y solidarios, como buenos venezolanos», comenta Daiver mientras observa el movimiento de las cuadrillas que continúan trabajando frente al edificio.
Aunque reconoce que todavía queda camino por recorrer, explica que una de las principales necesidades continúa siendo el apoyo con materiales de construcción, indispensables para que cada familia pueda avanzar en las reparaciones internas de sus viviendas y acompañar los trabajos que actualmente ejecutan los organismos competentes.
A pesar de todo, al despedirse, su voz deja escapar una frase que resume mucho más que cualquier balance técnico. Una frase sencilla. Sin dramatismos. Profundamente humana.
«PEDIMOS QUE NO NOS DEJEN SOLOS»
Hoy las grietas siguen visibles en algunas paredes y las reparaciones avanzan poco a poco entre bloques, herramientas y esperanzas. Aún así, quienes habitan el edificio Renacer aseguran que la mayor reconstrucción comenzó mucho antes de reparar el concreto; empezó el día en que los vecinos decidieron permanecer unidos, apoyarse mutuamente y convencerse de que, incluso después del miedo, todavía es posible volver a sentirse en casa.
Las paredes volverán a levantarse con bloques y cemento. Lo que sus habitantes esperan que nunca desaparezca es esa red de solidaridad que nació cuando más la necesitaban. Porque, mientras el edificio recupera poco a poco su estructura, entre sus pasillos sigue resonando una petición sencilla, pero profundamente humana: Que nadie los olvide, que nadie los deje solos.
DANIEL MELLADO | elsiglo