En Villa de Cura, la Semana Santa no solo despierta fervor religioso, sino también una intensa actividad comercial que gira en torno a un color: el morado púrpura. A pocas horas del inicio de las festividades, las tiendas de textiles ya registran un flujo constante de compradores que buscan los materiales para confeccionar las tradicionales túnicas para los penitentes del Nazareno.

Daniel Durán, propietario de un establecimiento en el centro de Villa de Cura, observa desde el mostrador cómo la tradición se mantiene firme pese a las dificultades económicas.
Popelina y raso son los productos reyes de la temporada. El primero, valorado en 2,70 dólares por metro según la tasa oficial, se utiliza para los trajes de los promeseros; el segundo, a 2 dólares el metro, es el favorito para confeccionar capas y arreglos de imágenes religiosas. Durán explica que «la demanda comenzó con dos semanas de antelación para dar tiempo a la confección», y añade que los detalles como la pasamanería -desde 0,80 dólares el metro- y los mecates para los amarres tradicionales completan las compras.
EL TRAJE CONFECCIONADO

Un cambio significativo marca esta temporada. Según el comerciante, se ha producido un desplazamiento desde la compra de trajes listos hacia la adquisición de telas para confeccionarlos en el hogar. «Las familias buscan reducir costos fabricando sus propias prendas», detalló Durán. Este fenómeno, explica, se debe también al auge del emprendimiento femenino: mujeres que asumen desde sus casas la labor de costureras, ya sea para sus familias o por encargo.
El comerciante villacurano señaló otro factor determinante: la reubicación de los vendedores informales del centro de la ciudad. «Antes era común encontrar trajes confeccionados en las zonas de alto tráfico, pero ahora los visitantes tienen dificultades para localizar esos puntos», comentó. Esta situación, indicó, obliga al consumidor a recurrir a las tiendas de tela para «solucionar con lo que tienen a la mano».
A pesar del contexto adverso, la respuesta de los clientes ha sido positiva. Para Durán, esto demuestra que la fe actúa como un motor económico resiliente. La tradición del Nazareno en Villa de Cura mantiene viva una cadena comercial que, si bien se transforma, no se detiene.
La transición hacia la autoconfección refleja una adaptación necesaria, pero también una forma de preservar las costumbres locales. En cada metro de tela morada que se vende, no solo hay un insumo, sino una promesa que, ante la escasez de alternativas, vuelve a las manos de las familias para ser tejida desde lo más íntimo del hogar.
RODOLFO GAMARRA | elsiglo
fotos: JOEL ZAPATA
GM
