La tradicional bendición del agua y la tierra, una manifestación de fe que por más de un siglo reúne a la feligresía sanmateana cada primer sábado del mes, adquirió en esta oportunidad un significado profundamente especial.

La comunidad católica del municipio Bolívar convirtió esta histórica celebración en un espacio para elevar oraciones por las víctimas del doble terremoto del pasado 24 de junio, las familias que perdieron sus hogares, los heridos, los rescatistas, los cuerpos de seguridad y los cientos de voluntarios que continúan acompañando las labores de recuperación en distintas regiones del país.
La jornada comenzó con la salida en procesión de la imagen de Nuestra Señora de Belén, patrona del estado Aragua, desde la iglesia San Mateo Apóstol hasta su santuario, ubicado a pocos metros del templo, donde posteriormente fue celebrada la eucaristía presidida por el párroco Ángel Fernández. Durante el recorrido, decenas de fieles caminaron en silencio, con velas y plegarias, acompañando una tradición centenaria que esta vez estuvo marcada por el recuerdo de quienes perdieron la vida y por la esperanza de quienes hoy luchan por reconstruir sus vidas.

En su homilía, el padre Ángel Fernández recordó que, en momentos de dificultad, la fe también representa una forma de acompañar a quienes sufren y de fortalecer el espíritu de una nación golpeada por la tragedia.
«Hoy nuestras oraciones están dirigidas a todas esas familias que atraviesan momentos de dolor e incertidumbre. Pedimos por el descanso eterno de quienes partieron, por la fortaleza de quienes continúan enfrentando esta realidad y por todos aquellos hombres y mujeres que, desde distintos espacios, trabajan sin descanso para ayudar a los más afectados. La fe también nos invita a ser solidarios y a caminar juntos como hermanos», expresó el sacerdote.

La celebración litúrgica coincidió además con el sexagésimo cuarto aniversario de la Sociedad Religiosa Humildad y Paciencia, cuyos integrantes renovaron su compromiso de continuar desarrollando labores pastorales y sociales al servicio de la comunidad, recibiendo la bendición de la feligresía y del párroco durante la ceremonia.
Más allá del acto religioso, la jornada volvió a demostrar cómo la fe continúa siendo un punto de encuentro para los habitantes de San Mateo en tiempos de dificultad. La bendición del agua y la tierra, conservada durante generaciones como una de las tradiciones más representativas del municipio, encontró este año un nuevo sentido al convertirse en un homenaje colectivo para las víctimas del terremoto y en un mensaje de esperanza para un país que, poco a poco, continúa avanzando en su proceso de recuperación.
DANIEL MELLADO | elsiglo
CJL
