En la sala de cocina todo estaba dispuesto, pero lo que realmente llenaba el espacio era la energía de quienes participaban. Risas espontáneas, ideas que iban y venían, y un movimiento constante, transformó la jornada en algo más que una actividad formativa. Lo que allí ocurría no se limitaba a preparar recetas; se trataba de reconocer lo propio desde lo vivido día a día; y darle valor a lo que forma parte de la vida.

Así se desarrolló la experiencia en la Unidad Educativa Privada Colegio «Santa Teresa», en el municipio José Rafael Revenga, donde un grupo de jóvenes convirtió el aula en un espacio de encuentro para el aprendizaje, la identidad y el sentido de pertenencia.

Desde el inicio, la dinámica marcó una diferencia. Antes de pasar a la práctica, se abrió un diálogo cercano sobre la cultura y su vínculo con la gastronomía, entendida como una expresión viva de lo que somos. Las intervenciones surgieron con naturalidad; cada estudiante aportó desde su experiencia, desde lo aprendido en casa, desde aquello que reconoce como parte de su rutina diaria.
Lo que comenzó como una introducción, terminó siendo un intercambio enriquecedor, donde el conocimiento tomó forma desde la participación.
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COCINAR TAMBIÉN ES APRENDER
Con delantales ajustados, gorros bien colocados y todo listo sobre el mesón, los estudiantes iniciaron la preparación.
Organizados en grupos, asumieron el reto de elaborar distintas recetas tradicionales, guiados por el profesor Juan Galíndez, chef ejecutivo del plantel, y acompañados por el equipo periodístico, en una dinámica donde enseñar y aprender se complementaron de manera natural.

El ambiente combinaba entusiasmo con responsabilidad. Había coordinación, atención a cada paso y un compromiso evidente por hacerlo bien, teniendo claro que cada preparación representaba parte de una tradición.
A ratos, el sonido de los utensilios marcaba el ritmo, mezclándose con comentarios, preguntas y pequeñas celebraciones cuando algo salía bien. Los aromas comenzaban a envolver el espacio, anunciando que no sólo se estaba cocinando, sino construyendo una experiencia que involucraba todos los sentidos.
En medio del proceso, también surgió un aprendizaje distinto. Quien llegó con la intención de orientar, terminó descubriendo nuevas formas de hacer y de interpretar lo que ya parecía conocido. Porque cuando el conocimiento se comparte, siempre deja algo en quien lo entrega y en quien lo recibe.
RECETAS QUE GUARDAN MEMORIA
Sobre el gran mesón ubicado en el centro del salón, comenzaron a tomar forma distintas elaboraciones propias de la tradición venezolana.
Majarete, conservas y besitos de coco, torta de pan, arroz con leche, arroz con coco, dulces de lechosa y piña, junto al característico carato de maíz cariaco, formaron parte de un recorrido que apeló tanto al gusto, como a la memoria.
Cada preparación evocaba momentos, costumbres y celebraciones. Son sabores presentes durante todo el año, pero que adquieren mayor significado en fechas especiales, donde la cocina se convierte en punto de encuentro familiar, en conversación compartida y en recuerdo vivo de quienes enseñaron primero.
Más que recetas, eran expresiones de una identidad que permanece y se transmite con el tiempo, incluso sin darse cuenta.
APRENDER HACIENDO, CREAR CON SENTIDO
La jornada permitió comprender que la gastronomía también es una herramienta de formación integral.
En la institución, esta práctica forma parte del programa educativo, respaldado por el INCES, orientado a brindar herramientas que preparan a los estudiantes para la vida.

En esta ocasión, la experiencia trascendió ese objetivo. Se convirtió en un espacio donde el conocimiento se construyó desde la práctica, el intercambio y la valoración de lo propio, una premisa que comparte con nuestro proyecto de «elsiglo es una escuela».
VOCES JÓVENES QUE CONSTRUYEN IDENTIDAD
Para los participantes, la jornada dejó aprendizajes significativos. Shaday Guzmán destacó que la actividad permitió reforzar conocimientos y, además, servir como inspiración para que otras instituciones desarrollen iniciativas similares. Valoró especialmente el acompañamiento cercano del equipo de elsiglo, resaltando la disposición de orientar y aprender al mismo tiempo.

«Preparar lo nuestro también es una forma de sentirlo como propio». Por su parte, Shantal Paredes expresó que fue una de las experiencias más gratificantes dentro de la cocina, no únicamente por lo aprendido, sino por la oportunidad de compartir en un ambiente cercano y significativo.
«Uno llega a aprender, pero se va con mucho más que una receta.» Sus palabras reflejan una conexión auténtica con lo vivido, donde el aprendizaje se transforma en experiencia.

UN ESFUERZO QUE FORTALECE EL SENTIDO DE PERTENENCIA
El chef Juan Galíndez calificó la actividad como un privilegio, especialmente al desarrollarse en el marco del aniversario del diario.
Resaltó que este tipo de iniciativas permiten fortalecer la cultura desde edades tempranas, acercando a los jóvenes a sus raíces de forma práctica y significativa.
«Cuando los jóvenes se reconocen en lo que hacen, la cultura cobra verdadero sentido».
Asimismo, valoró el impacto de la jornada dentro del proceso formativo, destacando que, aunque este tipo de preparación ya forma parte de la enseñanza, la experiencia superó las expectativas.

Por su parte, la directora Yadira Barrios, en compañía del director Carlos Mora, expresó su agradecimiento por haber tomado en cuenta a la institución, subrayando la importancia de generar espacios que aporten al crecimiento integral de los estudiantes.
Indicó que este tipo de encuentros deja aprendizajes que trascienden lo académico, convirtiéndose en vivencias que los jóvenes recuerdan y valoran.
«Educar también es conectar a los jóvenes con lo que son y con lo que pueden llegar a ser».
UN CIERRE QUE REÚNE LO VIVIDO
Al final, más allá de cada preparación, lo que permaneció fue la experiencia compartida.
Las conversaciones, el aprendizaje construido en conjunto y la satisfacción de haber creado algo con sentido, dejaron una huella que va más allá del momento.
Porque la gastronomía no sólo alimenta. También conecta, reúne y se convierte en una forma de compartir lo que somos.
Y ese compartir, se entrelaza con todo lo vivido: Con la identidad que se descubre, con la que se siente y con la que se construye desde la experiencia.
Fue precisamente allí, entre juventud, dedicación y tradición, donde quedó claro que la identidad no siempre se explica; se construye en lo cotidiano, se comparte con otros y se lleva con orgullo.
Y de esta forma culminamos nuestro recorrido, en el cual visitamos escuelas y compartimos con niños, jóvenes y docentes, explorando el turismo, la cultura y la gastronomía, guiados por las premisas de «identidad que se descubre», «identidad que se siente» e «identidad que se comparte».
¡Hasta la próxima edición!

Antes de despedirnos, «Cognitio» tiene especial interés en darles unas ideas sobre la importancia de lo culinario en la formación del niño. Además, «Cogny» tiene una exquisita sazón…
- -Cocinar es mucho más que preparar alimentos; es una actividad sensorial y cognitiva completa que impacta profundamente en cómo un niño percibe sus capacidades y el mundo que lo rodea.
- -La cocina tiene tiempos que no se pueden apresurar: esperar a que el horno termine o que una masa repose enseña autorregulación. Seguir una receta requiere orden y atención al detalle, lo que ayuda a los niños a entender que la disciplina es necesaria para alcanzar un resultado exitoso.
- -Cocinar es, en esencia, química y matemáticas aplicadas. Medir volúmenes, ajustar proporciones o decidir qué hacer si algo se quema fomenta la agilidad mental. Aprenden a analizar situaciones y a buscar soluciones prácticas bajo presión, una habilidad vital para la vida adulta.
DANIEL MELLADO | elsiglo
MG
