Hace apenas siete días muchas de estas familias tenían una casa, una rutina y la tranquilidad de regresar cada noche a su hogar. Hoy comparten colchones, alimentos, historias y la incertidumbre de no saber cuándo podrán volver a empezar. Sin embargo, entre el dolor que dejó el doble sismo del pasado 24 de junio también comenzó a abrirse paso otro sentimiento; la solidaridad de miles de personas que decidieron convertir los refugios temporales en espacios de acompañamiento, esperanza y humanidad.

A siete días de la emergencia, Caracas continúa escribiendo una de las páginas más conmovedoras de esta tragedia. En distintos espacios habilitados para recibir a las familias afectadas, entre ellos el Parque «Generalísimo Francisco de Miranda» y refugios instalados en la parroquia San Bernardino, conviven personas provenientes tanto de la capital como del estado La Guaira, quienes encontraron allí no sólo un lugar seguro donde permanecer, sino también una red de apoyo integrada por instituciones, voluntarios, profesionales de la salud, artistas y ciudadanos que diariamente llegan con el firme propósito de ayudar.
Durante un recorrido realizado por el equipo reporteril del diario elsiglo, único medio de comunicación del estado Aragua presente en estos espacios de atención humanitaria, fue posible constatar que la solidaridad ha transformado por completo el ambiente.

Lo que en principio serían únicamente refugios transitorios, hoy también alberga módulos de atención médica, áreas recreativas para niños, jornadas de arte terapia, barberías solidarias, distribución permanente de alimentos y un incesante movimiento de ciudadanos que llegan con agua potable, ropa, medicinas, pañales, juguetes y alimentos para quienes perdieron absolutamente todo.
Entre las carpas también se observan escenas que difícilmente pasan desapercibidas; niños corriendo con un globo en las manos, adultos mayores conversando bajo la sombra de los árboles, jóvenes organizando cajas con donativos y familias completas compartiendo el almuerzo alrededor de una mesa improvisada.
El ambiente dista mucho del silencio que suele acompañar una tragedia; por el contrario, está marcado por una constante movilización de personas que entendieron que, aun cuando no pueden devolver lo perdido, sí pueden hacer más llevadera la carga de quienes hoy intentan comenzar de nuevo.

MÁS QUE UN REFUGIO, UN NUEVO COMIENZO
Entre las decenas de historias que convergen en estos espacios se encuentra la de Manuel Padilla, quien hasta el pasado 24 de junio residía junto a su familia en Petare. En cuestión de segundos, el edificio donde vivía colapsó, obligándolo a abandonar el lugar con apenas lo que llevaba puesto.


«Desde ese mismo día estamos aquí. Lo perdimos todo, pero gracias a Dios encontramos personas que nos tendieron la mano. Nos han dado comida, ropa, atención médica y hasta actividades para distraernos un poco de todo lo que hemos vivido. Yo incluso me lesioné cuando salía del edificio y aquí mismo me atendieron. Nos han hecho sentir acompañados», expresó.
Una realidad similar enfrenta Beatriz Corro, oriunda de Tanaguarena, estado La Guaira, quien también permanece junto a su familia en uno de los refugios habilitados.
Aunque reconoce que recordar aquella tarde-noche continúa siendo doloroso, asegura que el calor humano recibido durante estos días le ha permitido recuperar poco a poco la tranquilidad.

«Uno nunca imagina quedarse sin casa de un momento a otro. Aquí hemos encontrado mucho más que comida o ropa; hemos recibido abrazos, palabras de aliento y personas que llegan solo para hacernos sonreír. Eso también ayuda a levantarse», comentó con visible emoción.
EL ARTE TAMBIÉN AYUDA A SANAR
En medio de las carpas, colchones y módulos de atención también existe un espacio donde los colores sustituyen, por algunos minutos, la angustia.
Allí trabajan los artistas plásticos Amarillo Piña y Mirla Soto, quienes apenas un día después de la tragedia decidieron trasladar sus materiales hasta los refugios para impulsar jornadas de arte terapia dirigidas principalmente a niños y adolescentes.

Mientras unos dibujan paisajes, otros colorean figuras o simplemente dejan sobre el papel aquello que todavía no logran expresar con palabras. Para los artistas, cada trazo representa un pequeño paso hacia la recuperación emocional.
«Unimos y activamos nuestros poderes para ayudar. Vinimos a observar qué hacía falta y entendimos que el arte también podía convertirse en una herramienta para aliviar tanto dolor. Ha pasado una semana y seguimos aquí porque todavía queda mucho por hacer», afirmó Mirla Soto.
CUIDAR TAMBIÉN ES UNA FORMA DE ABRAZAR
A pocos metros funciona otro espacio donde la solidaridad también se manifiesta de manera silenciosa.
Allí, estudiantes de Enfermería ofrecen atención primaria, realizan curas, controlan la tensión arterial, entregan medicamentos y hacen seguimiento a pacientes que requieren vigilancia constante.
Génesis Leal explicó que el grupo decidió permanecer en los refugios desde los primeros días de la emergencia para complementar el trabajo desarrollado por los organismos de salud.

«Prestamos primeros auxilios, atendemos heridas, entregamos medicamentos y hacemos seguimiento a muchas personas, especialmente adultos mayores y niños. Lo hacemos de corazón; somos voluntarios en hospitales, pero sentimos que también debíamos estar aquí, acompañando a estas familias», relató.
LA SOLIDARIDAD TAMBIÉN ENCONTRÓ SU HOGAR
A lo largo del recorrido también fue evidente la presencia de ciudadanos que, sin pertenecer a ninguna institución, dedicaban varias horas del día a clasificar alimentos, cargar cajas, servir platos de comida, acomodar colchones o simplemente conversar con quienes necesitaban desahogarse. Algunos llegaban después de cumplir su jornada laboral; otros asistían acompañados de sus propios hijos, convencidos de que enseñar a ayudar también es una forma de educar. En cada rincón aparecía una historia distinta, pero todas compartían un mismo hilo conductor, la decisión de no dejar solo al otro en uno de los momentos más difíciles de su vida.
Del mismo modo, la fe también encontró un espacio importante dentro de esta respuesta colectiva, en distintos puntos de Caracas y La Guaira, comunidades organizadas, grupos parroquiales e iglesias cristianas comenzaron a promover jornadas de oración, rosarios y encuentros de alabanza para acompañar espiritualmente a las familias afectadas. Mientras unos aportaban alimentos, medicamentos o ropa, otros decidieron brindar consuelo desde la esperanza, demostrando que toda forma de apoyo tiene un profundo valor cuando nace del corazón.
Hace apenas siete días el miedo parecía haberlo ocupado todo. Sin embargo, en medio de la incertidumbre comenzaron a florecer gestos que difícilmente olvidarán quienes hoy permanecen en estos refugios. Un plato de comida servido con cariño, un dibujo hecho por un niño, una consulta médica, una oración compartida, un abrazo inesperado o una caja de donativos cargada entre desconocidos terminaron convirtiéndose en pequeñas luces dentro de una semana profundamente oscura.

Más allá de los daños materiales, de los edificios colapsados o de las cifras que deja esta emergencia, el doble terremoto también permitió descubrir la capacidad que tiene un país para unirse cuando más lo necesita. Porque cuando la tierra dejó de temblar, fueron miles de manos extendidas las que comenzaron a sostener a quienes lo habían perdido todo.
En esos campamentos transitorios, donde hoy conviven familias de Caracas y La Guaira, quedó demostrado que una vivienda puede derrumbarse en segundos, pero la solidaridad de un pueblo es capaz de levantar, poco a poco, la esperanza de volver a empezar.
DANIEL MELLADO
GM
