Cada 12 de enero, Venezuela se llena de magia e inocencia para celebrar el Día Nacional del Títere, una fecha que va más allá de la recreación infantil y se fundamenta en un acto de resistencia.

Rafael Rondón, director de la escuela de teatro Garabato Motita, donde desde hace más de tres décadas se practica este arte, resaltó que esta efeméride, establecida por consenso entre los hacedores de este arte, tiene sus raíces en un documento de la época colonial que intentó, sin éxito, silenciar el poder de los muñecos.
En este sentido, las investigaciones históricas sitúan en Guanare, estado Portuguesa, en el año 1771, el registro de una prohibición emitida por la Iglesia Católica y la Corona Española. En aquel entonces, se intentó impedir la realización de «comedias, entremeses y juegos de títeres» en los poblados indígenas.
Para Rondón, este texto, lejos de ser un simple registro administrativo, es una prueba del temor que las autoridades coloniales sentían ante el impacto social de los títeres. «El contenido expresa el gran temor que tenía la iglesia por el poder de los muñecos, a tal punto de ser intervenidos política y socialmente por el Rey de España», señaló.
Pese a que el documento fue considerado por los artistas como «represivo e impositivo», el gremio de titiriteros lo adoptó como bandera por ser el registro más antiguo localizado en el país. Representa el momento en que el teatro de muñecos se convirtió en un acto de resiliencia frente al discurso dominante.
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«La magia de los muñecos hace que el alma del titiritero haga volar su imaginación en los niños, niñas y la familia. Sus historias acaban con ese discurso impositivo de aquella época, convirtiendo esta fecha en un día liberador para toda Venezuela», afirmó Rondón.
En este orden de ideas, desde el pasado 11 de enero, se ha desarrollado una amplia programación de actividades culturales en todo el país, reafirmando que el arte del títere sigue vivo en el imaginario venezolano.
CHIQUINQUIRÁ RIVERO
GM
