El pasado 24 de junio quedó marcado en el calendario venezolano como el día en que la tierra rugió con una fuerza devastadora. Entre el caos, el miedo y las réplicas que aún estremecen la memoria de la nación, emergen historias de milagro y supervivencia que le dan rostro humano a la tragedia.

Una de ellas es la de Janet Ahumada, quien junto a su esposo, Vicente Coronil, logró salir con vida de un escenario que, según sus propias palabras, parecía el fin del mundo.
Para Janet, el destino tiene giros inexplicables. Tras haber residido durante 40 años en una comunidad donde sembró profundas raíces y el afecto de sus vecinos en Santa Rita del estado Aragua, apenas sumaba dos meses de haber mudado su hogar a las costas del estado La Guaira, atraída por el encanto de la región donde ya vivían su hermana y gran parte de su familia.
Nadie habría augurado que el anhelado retiro frente al mar se transformaría, de la noche a la mañana, en una auténtica pesadilla.
El sismo la sorprendió en su vivienda ubicada justo frente a la conocida estructura del parque Bahía de los Niños, una zona costera vulnerable ante la magnitud del evento telúrico.
La fuerza del temblor infundió un terror absoluto en Janet, quien padece de una condición médica que la obliga a portar una válvula.
En medio del violento vaivén de las paredes, la certeza de la muerte parecía inminente, con el pensamiento fijo de que el techo de su casa terminaría por sepultarlos.
A pesar de que el pánico paralizó la costa aquella jornada, el auxilio no llegó de inmediato. La pareja tuvo que pasar la noche en vela, rodeada por la incertidumbre, hasta que las labores de rescate lograron sacarlos a salvo al día siguiente.
Al evaluar el entorno, Janet constató la disparidad de los daños en la infraestructura local. Mientras que las viviendas unifamiliares parecieron resistir el embate sin mayores pérdidas materiales, la peor parte se la llevaron las estructuras verticales.
El sector de Caribe, en particular, se convirtió en el epicentro de la destrucción, donde múltiples edificios de apartamentos colapsaron por completo.
Aún con la mirada fija en el horizonte y el pecho apretado por el recuerdo de un suceso que prefiere no evocar, la sobreviviente no deja de agradecer a Dios por estar viva y por el bienestar de su hermana, quien también pudo ser rescatada ilesa en la zona de Montezano.
Aunque reconoce con profunda tristeza que La Guaira ha sido la región más golpeada, acumulando el mayor número de víctimas fatales en un desastre que dejó secuelas en la región central del territorio nacional, mantiene la fe puesta en la recuperación y en que las labores de rescate que aún se ejecutan en los escombros logren salvar más vidas.
La tragedia ha dejado una huella profunda, pero no ha logrado quebrar el espíritu de Janet. Con la firme convicción de que los desastres naturales son imponderables de la vida, asegura que el miedo no la alejará para siempre del lugar que eligió para vivir, confiando en que el tiempo traerá la calma y la reconstrucción para un pueblo que hoy llora a sus muertosm, pero se aferra con fuerza a la esperanza.
LINO HIDALGO | elsiglo
foto | JOEL ZAPATA
