El sismo registrado el pasado 24 de junio en la localidad de Santa Cruz dejó una huella imborrable en sus habitantes. Aunque el movimiento telúrico no provocó daños materiales de gravedad en las viviendas ni en la infraestructura, produjo un fuerte impacto emocional en quienes lo experimentaron. Los testimonios recogidos entre los residentes revelan una comunidad que, pese al miedo paralizante, encontró en la solidaridad vecinal su principal herramienta de supervivencia.

Las reacciones físicas y psicológicas durante los segundos críticos del sismo evidenciaron cómo el shock puede anular la capacidad de reacción. Jesús García, quien se encontraba en la Plaza Bolívar cuando comenzó el movimiento, relató que permaneció sentado observando el balanceo de los postes y el cableado eléctrico. «Ver cómo se movían los postes era aterrador, uno no sabe si van a caer encima de uno», expresó el testigo. García destacó que en la plaza también presenció cómo varias personas perdían el conocimiento por la intensidad del miedo.
Para Marcos Piñero, la experiencia fue igualmente angustiante. El residente de Santa Cruz describió un estado de shock generalizado que afectó tanto a su familia como a sus vecinos. Piñero explicó que intentó salir de su vivienda de manera desesperada, pero la conmoción colectiva lo envolvió por completo. «Fue un caos total, la gente gritaba y corría sin saber hacia dónde», señaló el entrevistado. El testigo también mencionó que varios vecinos sufrieron desmayos producto del pánico.
La dificultad para mantener el equilibrio fue otro de los síntomas recurrentes entre los afectados. Génesis Karipa, quien al momento del sismo se encontraba al cuidado de una menor de edad, relató que sintió mareos y una debilidad en las piernas que le impidió moverse con normalidad. «Me quedé pegada contra la pared, aunque sabía que casi no tenía estabilidad», confesó Karipa. Su evacuación solo fue posible gracias a la intervención de un vecino que la asistió para salir de la vivienda.
Conciencia del riesgo
Juan Fagundez, quien se encontraba en su habitación cuando comenzó el temblor, tomó una decisión diferente. El residente explicó que, pese al corte inmediato de energía eléctrica, priorizó buscar un sitio despejado lejos de posibles tendidos eléctricos. «Aunque no había luz, sabía que los cables podían caer en cualquier momento», afirmó Fagundez. Su percepción del riesgo ambiental demostró una notable capacidad de análisis en medio de la emergencia, algo que contrastó con la parálisis experimentada por otros vecinos.

Jesús García: «Ver cómo se movían los postes era aterrador»
Los testimonios coinciden en que el principal peligro no fue el colapso estructural de las edificaciones, sino el riesgo asociado a la infraestructura de servicios públicos. La observación de García sobre el movimiento de postes y cableado en la Plaza Bolívar valida cualitativamente la intensidad del sismo. Sin embargo, el comportamiento de Karipa, quien buscó refugio contra una pared que ella misma percibía como inestable, evidencia cómo el miedo puede anular el juicio sobre la seguridad estructural.
Solidaridad vecinal
La red de apoyo vecinal se convirtió en el recurso de rescate más valioso durante la crisis. El comportamiento solidario de los vecinos evitó que la parálisis emocional se tradujera en tragedias personales. Karipa logró salir de su vivienda gracias a la ayuda de un vecino, mientras que Piñero describió cómo la conmoción colectiva, pese al caos, también generó gestos de ayuda mutua entre los residentes.
El sismo en Santa Cruz demuestra que la seguridad no depende solo de estructuras sólidas, sino de la capacidad humana para responder colectivamente ante lo inesperado.
RODOLFO GAMARRA | elsiglo
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