Rumanía se vuelca en ayudar al creciente flujo de refugiados de Ucrania

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Miles de habitantes de Rumanía de a pie se movilizan en coordinación con el Gobierno, las empresas; las iglesias y las oenegés para ofrecer manutención, alojamiento y transporte al creciente flujo de refugiados que llega de Ucrania.

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“He venido solo en mi coche para poder transportar a cuatro personas, a Bucarest o adonde haga falta”, dice Bogdan Nicolae; de 35 años, a Efe junto al paso fronterizos de Siret, en el noreste de Rumanía, por donde llegan numerosos ucranianos.

Nicolae es soldado del ejército rumano y ha aprovechado un permiso para conducir hasta la frontera desde la ciudad de Ploiesti; situada a unos 440 kilómetros de Siret, una distancia que tarda en recorrerse casi seis horas por las precarias carreteras rumanas.

Solo durante la jornada del sábado llegaron a Rumanía más de 18.000 ucranianos; en su abrumadora mayoría mujeres con sus hijos y ancianos, según el Gobierno rumano.

Desde el inicio de la guerra, el jueves pasado, hasta la medianoche pasada, aproximadamente 43.000 ciudadanos ucranianos han entrado en Rumanía, y unos 20.650 han salido, ha informado un portavoz gubernamental; sin precisar hacia qué países se han dirigido estos últimos.

Los ucranianos no necesitan visado para entrar en Rumanía y en los puntos fronterizos solo se han registrado 222 solicitudes de asilo; según estos datos.

Bogdan Nicolae estaba dispuesto a trasladar a Bucarest a quien lo necesitara; y después de estar varias horas junto a la frontera con un cartón en el que figuraba el nombre de la capital rumana, llevó a una madre ucraniana con su hijo a una pensión en la localidad de Suceava, a unos 50 kilómetros, para luego volver y esperar a otros pasajeros.

A la expedición se ha sumado también un joven estudiante ghanes que cursa estudios de Medicina en la ciudad de Ternopil; en el oeste de Ucrania, y espera recibir asistencia de su embajada para volar a Ghana.

Centenares de estudiantes indios en Ucrania han empezado a ser trasladados en autobuses a Bucarest para regresar en avión a casa.

“Quizá espere unas semanas en Bucarest”; dice uno de ellos tras pasar una noche en un refugio antiaéreo de Ivano-Frankivsk y hacer cola largas horas en el lado ucraniano de la frontera.

Según explica el joven, Rumanía ha eliminado el requisito de visado para todos los que lleguen huyendo de la ofensiva rusa contra Ucrania. “Se nos permite estar tres meses sin visado en Rumanía”, afirma; expresando la esperanza de poder traer al husky siberiano que ha dejado en un hotel para perros en Ucrania.

La mayoría de refugiados ucranianos que entran en Rumanía por Siret son de los alrededores de Chernivtsi; una ciudad de unos 250.000 habitantes a una distancia de unos 40 kilómetros al otro lado de la frontera.

Muchos son parte de la minoría rumana de Ucrania y se alojan con familiares y amigos en Rumanía; y por otra parte, miembros de la minoría ucraniana de Rumanía se han acercado al cruce para ejercer de traductores para quienes desconocen el idioma.

Uno de ellos ayuda a una mujer mayor a encontrar transporte hasta Bucarest, desde donde espera volar a Milán para reunirse con su nieta; mientras que una mujer de la zona, con un folio escrito a ordenador en ucraniano, ofrece su apartamento para una mujer con niños.

También llegan a la frontera personas de Kiev que lograron salir de la capital en su coche antes de que empezara el asedio ruso.

Todos describen un ambiente de miedo y desesperación en el lado ucraniano de la frontera; donde algunos afirman haber hecho colas de hasta doce horas.

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Menos patrióticos que la mayoría de sus compatriotas; algunos ciudadanos ucranianos de la minoría étnica rumana denuncian casos de negligencia y corrupción por parte de la policía de fronteras en Ucrania.

La mayor parte de quienes cruzan no tienen Rumanía como destino final. “Es sobre todo tránsito; están una o dos noches y continúan su camino hasta países de Occidente”, dice a Efe Ciprian Bolog; un ciudadano de a pie que traslada a refugiados en su furgoneta.

Mientras; el goteo de refugiados continúa al ritmo que permite la policía ucraniana. Hay mujeres con niños y ancianos del brazo. Algunas empujan cochecitos de bebé y hasta sillas de ruedas con niños asustados.

A uno de ellos lo cargan en el remolque de un camión y lo tapan con mantas. El niño sonríe cuando el vehículo arranca. Tampoco cesa el flujo de coches. Los voluntarios asaltan las ventanillas con bolsas de comida hasta agobiar a los pasajeros.

Detrás de las ventanillas hay mujeres que suspiran aliviadas entre lágrimas.

EFE