Las grullas coronadas regresan a Ruanda

La majestuosa grulla coronada cuelligrís es símbolo de riqueza y poder en Ruanda, donde muchos ejemplares son capturados por la élite del país para exhibirlos en propiedades particulares. Esta práctica y la pérdida de hábitat han causado un grave declive de la especie en el país africano.

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El veterinario Olivier Nsengimana lidera desde 2014 un exitoso proyecto para salvar de la extinción a la emblemática ave de la fortuna de su país, ganó el premio Rolex a la Iniciativa en 2014, ha convertido la defensa de la grulla coronada cuelligrís en el estandarte de su lucha en Ruanda, un país cuya turbulenta historia no siempre ha favorecido la conservación de la fauna.

En su Ruanda natal, Olivier Nsengimana recuerda una niñez rodeada de animales de todo tipo. No en vano este pequeño país de 26.000 kilómetros cuadrados de superficie (algo más pequeño que Cataluña) es célebre por su rica biodiversidad. Ubicado en la región de los Grandes Lagos de África, en pleno Gran Rift Valley y colindante con Uganda, República Democrática del Congo, Burundi y Tanzania, Ruanda alberga tres parques nacionales.

Entre ellos el Parque Nacional de los Volcanes, refugio de los amenazadísimos gorilas de montaña, donde la primatóloga Dian Fossey pasó 20 años estudiando a estos grandes primates. Sin embargo, para el pequeño Olivier, una especie destacaba entre todas las demás: las bellas grullas coronadas cuelligrises (Balearica regulorum), a las que de niño observaba embelesado mientras interactuaban entre sí, llamándose con sus estruendosas vocalizaciones, danzando durante los cortejos, surcando el cielo africano o alimentándose, como omnívoras que son, tanto de pequeños animales –insectos, ranas, sapos y pequeños ratones– como de cereales y semillas.

«Las grullas me fascinaban y se convirtieron en algo muy importante en mi día a día. Jamás me hubiera imaginado que dedicaría mi vida a protegerlas», cuenta este veterinario de 37 años. Consagrado a salvar a estas aves de la extinción desde 2014, Nsengimana recibiría ese mismo año un Premio Rolex a la Iniciativa, esos galardones creados en 1976 por la compañía relojera suiza para apoyar la labor de personas capaces de asumir grandes desafíos. Para dar un espaldarazo a hombres y mujeres con espíritu emprendedor que, en todos los rincones del planeta, desarrollan proyectos extraordinarios para hacer del mundo un lugar mejor. Sin duda, Nsengimana encarna todas esas premisas.

Olivier Nsengimana destacó en sus estudios, a pesar de las continuas turbulencias políticas y sociales que vivió su país al estallar el conflicto bélico que desembocaría en el genocidio ruandés de 1994, cuando solo contaba 10 años de edad. Pero afortunadamente, pese a todo aquel horror, pudo estudiar lo que más le gustaba, veterinaria, y en 2010 se graduó en el Instituto Superior de Agricultura y Manejo Animal de la Provincia del Norte, en el distrito de Musanze. Su primera ocupación profesional fue como voluntario de la organización Gorilla Doctors, en la cual atendía a los emblemáticos gorilas de montaña salvajes. Pero seguía acordándose de «sus» grullas coronadas y leía sobre ellas todo lo que le caía en sus manos. Pronto descubrió que esas aves que tanto le atraían estaban mucho más amenazadas de lo que nunca había sospechado: en Ruanda la población de esta especie ha disminuido un 80 % en los últimos 50 años.

«Desgraciadamente, en mi país están en peligro de extinción porque la población humana, muy numerosa, compite con ellas por los recursos –explica–. Muchos humedales que las grullas usaban para alimentarse y reproducirse se han transformado en suelo agrícola, y eso las ha puesto en jaque. Por otro lado, un elevado número de ejemplares son capturados de forma ilegal, pues la élite del país y también los hoteles de lujo desean tenerlas como mascotas, paseando por sus jardines». Y es que en Ruanda, estas bellas aves que alcanzan el metro de altura, dotadas de un característico copete dorado y un saco gular de color rojo, son símbolo de prosperidad y longevidad. «Las grullas capturadas suelen estar mal alimentadas y sufren cortes en las alas que les infligen para impedir que vuelen, lo que a menudo las deja malheridas. Muchas acaban muriendo por estrés y sin haber podido criar, con lo cual se pierden muchas futuras grullas», recalca. Cuando se dio cuenta de lo grave que era la situación, decidió hacer algo al respecto y en 2014 diseñó su plan para salvaguardarlas y acabar con su comercio ilegal. Un año más tarde fundaba la Asociación de Conservación de Vida Salvaje de Ruanda (RWCA, por sus siglas en inglés), desde donde, en colaboración con el Gobierno de Ruanda, lanzó una campaña para inventariar a todas las grullas cautivas, después de asegurar a sus propietarios que no serían amonestados.

Este entusiasta conservacionista está convencido de que gran parte de los problemas que sufren las grullas se debe al enorme desconocimiento que de ellas tiene la población, que incluso ignora que están protegidas por ley. «Gracias a la campaña de comunicación y amnistía por posesión ilegal, pudimos registrar todas esas grullas, y tras evaluar su estado de salud, se las anilló para poderlas identificar en el futuro», explica. Nsengimana recopiló información detallada sobre cada ejemplar e informó a los propietarios sobre las leyes que protegen a las grullas y sobre sus necesidades vitales.

«Ahora nuestra base de datos nacional nos sirve para monitorear el comercio ilegal de estas aves y nos ayuda a localizar más fácilmente las grullas recién capturadas», dice. Hasta el momento su organización ha registrado ya más de 300 ejemplares en cautividad, de los cuales 166 han podido ser liberados. Antes de su reintroducción en el medio natural, las grullas pasan un período de cuarentena en las instalaciones de la RWCA, donde son sometidas a un examen físico para descartar enfermedades que podrían diseminarse en la naturaleza. Luego, los individuos que están en buena forma «son trasladados al espacio destinado a su rehabilitación en el Parque Nacional de Akagera, unas instalaciones en el norte de Ruanda donde se les da un tiempo para que puedan volver a aprender o recordar comportamientos esenciales para su supervivencia, como la búsqueda de alimento, así como para que les vuelvan a crecer las plumas que les fueron cortadas durante su cautiverio», explica Nsengimana. Durante este período se les suministra algo de comida, en dosis que paulatinamente se van reduciendo para que las aves se animen a buscar su propio sustento y sean menos dependientes. «Durante el tiempo que están en rehabilitación, las monitoreamos a diario y realizamos observaciones visuales regulares para evaluar cómo se van adaptando a su nuevo entorno –añade–. Cuando las grullas están listas para volar de nuevo, pueden salir de la instalación por su cuenta, ya que no hay techo». En Akagera encuentran los hábitats naturales idóneos para prosperar.

Pero ¿qué sucede con las grullas incapacitadas para reemprender la vida en libertad? «Hasta ahora, 51 grullas recuperadas no han podido ser devueltas al medio natural debido a discapacidades físicas o enfermedades. Estas se han quedado a vivir en Umusambi Village, una zona de humedales de 21 hectáreas de superficie que hemos restaurado y convertido en el primer santuario de vida salvaje de Kigali, la capital del país», añade Nsengimana, quien desde su organización ya abarca otros proyectos, como programas de investigación y salvaguarda de los murciélagos frugívoros.

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