Bacalao o vieiras: la lucha de los pescadores ingleses por su futuro

Con menor actividad por la pandemia, el puerto de Brixham, en el suroeste de Inglaterra, parece tranquilo. Sin embargo, operarios y pescadores esperan nerviosos el desenlace de la negociación de un acuerdo pos-Brexit con la UE. Su historia refleja las frustraciones y anhelos de un sector bajo presión que lucha por su futuro.

El dilema de los pescadores es entre cuota y mercado: pretenden poder capturar en sus aguas más especies cotizadas, como el bacalao, sin perder el acceso al mercado europeo, adonde se destina el 80 % de su captura y sobre todo mariscos, como las vieiras.

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Aunque apenas supone el 0,1 % del producto interior bruto del Reino Unido (6.000 barcos y 12.000 empleos), el Gobierno de Boris Johnson ha hecho de la pesca un asunto clave en su diálogo con la Unión Europea (UE), pues equipara el control sobre las aguas a la recuperación de la soberanía tras la salida del bloque.

Si bien la industria pesquera respaldó mayoritariamente el Brexit en el referéndum de 2016, los intereses de sus miembros varían mucho entre ellos.

Como en otras partes del país, en Brixham, el primer puerto inglés por valor de la captura, los pescadores depositaron en la salida de la UE sus esperanzas de reconstruir un sector tan marginado por sucesivos gobiernos como perjudicado por la normativa europea, y de regenerar los pueblos en decadencia del litoral.

FAVORABLES A UN ACUERDO

Mirando hacia las aguas grises del Canal de la Mancha, con Francia a poca distancia, Chloe North, gerente de la Organización de Productores de Pescado del Oeste, que agrupa a compañías pesqueras del suroeste inglés, dice a Efe que la mayoría de sus contactos “quiere que haya un acuerdo” con los Veintisiete.

Aunque apoyen la ruptura con la UE para que el Reino Unido “pueda gestionar sus pesquerías”, la perspectiva de aranceles comerciales y controles fronterizos que afectarían al precio del pescado hace que muchos profesionales ansíen un pacto bilateral antes del fin del periodo de transición, el 31 de diciembre.

“Lo que la gente quiere de estas negociaciones es que el Reino Unido tenga poder de decisión sobre los peces en sus aguas. Esto no significa echar a los pescadores comunitarios, sino que el acceso se negociaría anualmente, como hacen Noruega o Islandia”, afirma.

A cambio de acceso al mercado europeo, el sector pesquero del Reino Unido estaría dispuesto a moderar el incremento de su cuota y conceder un periodo de adaptación a sus colegas europeos, declara North.

NO QUIERO TENER QUE PESCAR LEJOS DE MI PUERTO”

En un día de viento y lluvia fina, el arrastrero de vara Catharina espera en el muelle de Brixham a que la tripulación, encabezada por Alan Scales, lo prepare para una semana de pesca en el canal de la Mancha, donde en invierno abundan las sepias, la platija y el lenguado, muy cotizados en los mercados belga y francés.

Scales, de 59 años y patrón desde los 17, apuesta por dejar la UE sin pacto alguno a final de año, pues cree que se podría negociar un tratado comercial desde fuera del bloque: “A los europeos les gusta nuestro pescado“, presume.

Voté por el Brexit porque quería que recuperáramos la soberanía, que pudiéramos tomar nuestras decisiones, pescar lo que queramos y cuando queramos“, afirma.

Scales reivindica para los pescadores británicos “un porcentaje justo de cuota” en sus aguas, de las especies de las que dependen: “No quiero tener que pescar lejos de mi puerto cuando el pescado abunda en esta zona”, dice.

Con todo, en un reflejo de las contradicciones que siembran el debate del Brexit, el patrón admite que “lo que más le preocupa” a partir del 1 de enero son los posibles aranceles que en ausencia de acuerdo reducirían el ya escaso margen de beneficio que ofrece la pesca a los pescadores.

“SI LOS EUROPEOS NO COMPRAN NUESTRO PESCADO, TENEMOS UN PROBLEMA”

En clara minoría entre sus colegas, Trevor Sclator, patrón del Georgina, que acaba de desembarcar su captura tras una semana en el canal, cree que los problemas del sector pesquero, incluidas las cuotas, “podrían haberse solucionado sin el Brexit”.

Un 80 % de lo que capturamos va a Europa. Si prohibimos a los comunitarios pescar en nuestras aguas y ellos no compran nuestro pescado, tenemos un problema“, reflexiona.

A su juicio, el Reino Unido tiene suficiente cuota para su capacidad de pesca y, si la aumentara, “necesitaría más barcos y tripulación”.

“¿Y de dónde los vamos a sacar? Los jóvenes no quieren estar a la intemperie, ni salir al mar cada fin de semana, cada noche. Es un trabajo antisocial y la gente no quiere hacerlo”, dice.

EL “FISH AND CHIPS”, AMENAZADO

Otro factor en la negociación pos-Brexit son los intereses de la pequeña flota británica de aguas lejanas, que pide un acuerdo para seguir pescando bacalao, estrella del tradicional “Fish and chips, en las aguas de Noruega, Islandia y Groenlandia.

Con una cuota limitada, los pescadores británicos pescan en sus aguas un 30 % de esa especie demersal, un 10 % lo traen los pescadores de aguas remotas y un 60 % se importa de los países nórdicos.

En conjunto, el Reino Unido es un importador neto de pescado, en particular bacalao, salmón, abadejo y atún: en 2019, exportó 452.000 toneladas por valor de 2.004 millones de libras (unos 2.219 millones de euros) frente a una importación de 721.000 toneladas por 3.457 millones (3.829 millones de euros).

Con su escasez de pescaderías y predilección por las barritas de pescado congelado, el Reino Unido tiene el desafío tras el Brexit de desarrollar su mercado interno e impulsar el consumo de más variedad de productos del mar.

Así, los lenguados, rapes, pulpos, almejas y vieiras que pescan los profesionales de Brixham no tendrían que cruzar el canal.

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