“Comida y libertad”: las experiencias reales que cimentaron Slow Food

Carlo Petrini fundó Slow Food en 1989 para promover una “nueva gastronomía” que implica identidad, cultura, responsabilidad medioambiental y compromiso ético con los productores y ya está presente en 170 países, gracias a experiencias que narra, por primera vez en español, en “Comida y libertad”.

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Aunque el libro, que cierra la trilogía “Bueno, limpio y justo” y “Tierra madre”, se publicó en 2013, gracias a la editorial Diente de León llega por primera vez a todos los países de habla hispana.

Su coautor, Carlo Bogliotti, explicó durante su presentación telemática este miércoles que esa obra recoge “experiencias reales” basadas en las teorías de Petrini, así como otras que las originaron, por lo que constituye una narración de la evolución de Slow Food como movimiento internacional.

Con el subtítulo de “Gastronomía para la liberación”, estos casos y anécdotas cimentan los principios de Slow Food divididos en cuatro capítulos.

El de la “gastronomía liberada” cuenta cómo se trabajó para quitarla “de todo lo superfluo”, el siguiente habla de la diversidad y biodiversidad como clave para que “la humanidad pueda progresar en armonía con la tierra”, el tercero de cómo se ha trabajado en la expansión de estas ideas y el último recoge “historias paradigmáticas” que Petrini y Bogliotti vivieron “de primera mano”.

“Es un libro histórico, importante, fundacional, y estoy muy contento de ver que se difunde en los países hispanohablantes”, dijo Bogliotti, quien subrayó la última frase del libro como mensaje prioritario: “La comida es libertad”.

Desde Quito, el profesor de Gastronomía, impulsor de Slow Food en Ecuador y miembro de su Consejo Internacional, Esteban Tapia, destacó la importancia que tiene este libro especialmente para Latinoamérica.

“En Latinoamérica no existe un sistema alimentario, sí relaciones dispares e injustas y tenemos que trabajar en eso porque genera oportunidades para la juventud en las zonas rurales. Hay que ver la comida como eje transformador, que se puede desarrollar el campo y las áreas rurales a través de las decisiones que se toman en los restaurantes”, expuso.

Aunque reconoció que “la industria alimentaria es un gigante”, los consumidores son “millones” y tienen “poder de decisión”, recurriendo a productos locales y respetuosos con el medioambiente y pagando un precio justo por ellos.

Tapia añadió que resulta “muy inspirador” que los jóvenes que están formando en cocina en América Latina “busquen identidad a través de los productos y la conexión con quienes producen y recolectan alimentos”.

Razonó además que la pandemia del covid “ha dejado muchas lecciones”. “En nuestras manos está cambiar o no (…) No podemos depender de multinacionales, sino de la pequeña agricultura campesina. Esa nunca paró de trabajar y nos dio alimentos buenos para nuestra salud”, apuntó.

También explicó cómo en su continente la alta cocina, “muy golpeada” este año por la ausencia de turistas, se ha transformado en “menús más sencillos pero igualmente ricos y más económicos para llegar a la población local”.

“Se han replanteado muchas cosas que se hacían a través de la gastronomía; quizá no necesitamos algas de Japón y sí papas de nuestra tierra para dinamizar las economías locales”, detalló.

Porque, dijo recordando una frase de Petrini: “Un ecologista que no disfruta con la gastronomía es un triste y un gastónomo que no cuida la ecología es un idiota”.

EFE

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