elsiglo dice adiós a Ignacio Arteaga

Cuando caía la noche sobre el edificio azul, aparecía Ignacio Arteaga. Con sus típicos bigotes y carcajada ronca, agarraba el volante del “transporte nocturno” y comenzaba a repartir a todo el personal. Eso permitió a todos los trabajadores de elsiglo, compenetrarse con su carácter gruñón y “mover los hombros” con su música de La Billo’s.

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Ignacio Arteaga
Ignacio Arteaga

Todos le conocíamos la cara: si el bigote estaba “arrugado”, nadie hablaba, pero cuando la sonrisa sobresalía de su largo mostacho, el bochinche era de aquí y hasta Santa Rita y más allá.

Las historias de 37 años eran inagotables, y gran parte de esas historias tenían lazos de amistad entrañables, o locuras propias de un trabajo atípico, ser chofer nocturno recorriendo las calles de Maracay luego de una jornada de noticias.

Las anécdotas son interminables para cada quien, así la persona fuera de copiloto, o en la parte de atrás de la camioneta, autobús o carro, donde casi nadie se atrevía a quedarse dormido luego de su advertencia: “ya sabes si te duermes”, decía al que se montaba con cara de un “camarón”. Muy pocos supieron el sentido de esta divertida advertencia y otros no se atrevían ni a preguntar.

Con su partida, esa vacante se hace eterna, pues no habrá nadie parecido a Arteaga, quien estaba atado al deseo de todos los trabajadores del horario nocturno de regresar a casa. Por ese motivo, sabía donde vivía toda la nómina. Y obviamente, sabía muchos secretos que le “chispeaban” en los ojos cuando alguien apuntaba en esa dirección.

Llegó a elsiglo, proveniente del Concejo Municipal, donde ejercía labores de seguridad, y muy pronto definió su rol de conductor, en un horario que nadie jamás aguantó, el nocturno. Él hizo de ese horario su modo de vida y dejó una huella imborrable como empleado.

En el plano personal, su don de gente y sentido de servicio lo convertía en un auténtico salvador. Con la misma facilidad con la que se molestaba por algo, retomaba su alegría y galanteaba con las chicas, y con la misma resolución con la cual manejada la unidad, acudía a tu auxilio.

De eso existe toda una película de rescates. Una vez un compañero fue atracado en la madrugada en un cajero, y resultó herido, y el único teléfono que recordó fue el de Arteaga.

En minutos, apareció para llevarlo a una clínica.
Otro compañero recuerda con nostalgia una aventura que casi le costó la vida, en una fiesta, en la cual se armó una trifulca. Cuando un grupo de personas trató de “lincharlo”, corrió por su vida, y en la huida logró marcar un número, de quién, de Arteaga; en minutos estaba rescatándolo en una plaza cercana.

Y así transcurrieron todos los años que Ignacio Arteaga le regaló a elsiglo, toda una vida con las manos firmes sobre un volante que giró siempre en la dirección correcta. Peligros en el camino, con los malandros pidiéndole “epa siglo, una foto ahí”, y él les prometía: “ya regreso y se las tomo“. Pero también con mucho cariño en la ruta, pues era costumbre al llegar a cada casa, aguantarse un pelo y tomarse un café, o llevarse una arepita o pancito dulce, con el que cada trabajador agradecía su servicio: llegar a casa sano y salvo.

Por eso, hoy los trabajadores de elsiglo sienten esta profunda ausencia, que cierra ciclos y abre recuerdos, mientras en el día a día seguiremos “imitándolo”, pues muchos simulamos su tono de voz socarrón cuando queremos ponernos “gruñones”, o usamos sus palabras típicas cuando queremos convertir una molestia en un chiste. Y cuando alguien meta la pata u ocurra “una locura” en el edificio azul, simplemente diremos: “Bien bueno puesss…”.

elsiglo

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