“Una eterna sala de espera”: Los olvidados en la salud pública de Argentina

Desde el 2015, el hospital ‘Simplemente Evita’, ubicado en La Matanza, la localidad más extensa y populosa de Buenos Aires, recibió 101 pacientes en estado de abandono. Los casos oscilaban entre personas que vivían en la calle, pacientes psiquiátricos o, como el caso de Ramón, un hombre solo que hoy vive allí sin recibir ninguna visita y a la espera de encontrar un lugar.

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Lorena González, trabajadora social del hospital y encargada de encontrarle un hogar a los pacientes, explica que han tenido casos de personas que permanecieron hasta por cinco años viviendo en el centro hospitalario. 

“No hay ninguna norma que estipule una cantidad mínima de tiempo que deban permanecer dentro. Se trata siempre de buscarles un refugio lo antes posible y acorde a sus necesidades, pero es un trámite que puede llevar su tiempo. A veces por las condiciones del paciente, otras porque simplemente no hay lugar en los alojamientos estatales o se demora judicialmente su traslado, por lo que terminan instalados acá”, señala la especialista en diálogo con este medio.

Los requisitos para ingresar a los refugios que pertenecen al distrito suelen ser burocráticos: condiciones como la edad, la movilidad o el grado de avance de una enfermedad acortan las posibilidades de encontrar un sitio. Después, cuando se cumple con lo necesario, se verifica la cantidad de cupos disponibles. La provincia de Buenos Aires posee una de las crisis habitacionales más extensas del país, lo que también imposibilita el acceso a un lugar.

“Para la Ley, si una persona está en el hospital, a pesar de que no tenga familia, ni recursos, no está abandonada porque es asistida: se le brinda comida y atención médica. Pero uno no puede naturalizar eso. Trabajamos para exteriorizar al paciente y que pueda volver a integrarse a la sociedad. El hospital no puede convertirse en su hogar permanente”, afirma González.

La trabajadora social recuerda el caso de un hombre de edad avanzada y en situación de calle, que estuvo siete meses en el nosocomio. Tenía su propia habitación, hacía chistes junto a los médicos y hasta salía a la puerta a fumar un cigarrillo y contemplar el parque. Deambulaba, dicen, como si fuera su propio hogar.

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