Ringo Starr debuta como solista en Barcelona

A medida que nos quedamos sin beatles -la lista incluiría también a George Martin-, Paul McCartney y Ringo Starr son las únicas personas sobre la tierra que pueden reclamar ese maravilloso legado del pop. McCartney lo explota con frecuencia y afán posesivo, pero el que fuera el batería de los Fab Four sólo mete la mano, y eso le honra, si es para reclamar su parte de autoría, que es escasa pero sustanciosa.

Desde que armó su His All-Starr Band en 1989 -algo así como una banda tributo de sí mismo y de sus amigos-, Ringo ha recorrido el mundo para tocar las canciones que compuso, o las que versionaron los Beatles estando él allí, como forma de reivindicarse pero también de reírse de su supuesta condición de figurante en del cuarteto de Liverpool. En estos casi 30 años de actividad nunca había tocado en España; el martes saldó la deuda tocando en el Palau Sant Jordi de Barcelona, primera parada antes de Madrid, La Coruña y Bilbao.

En otras ocasiones, en su banda habían tocado músicos como Nils Lofgren, Dr. John, Todd Rundgren o Joe Walsh, de los Eagles. La versión 2018 no gasta tanto carisma, pero es competente y compacta, con Graham Gouldman, Colin Hay, Gregg Bissonette, Warren Ham, Steve Lukather y Gregg Rolie, todos antiguos miembros de 10cc, Toto, Men at Work o la banda de Santana. La sensación que dan es la de la traslación al rock de un partido de veteranos del Real Madrid: una ocasión gozosa en la que unos señores mayores se divierten sin pretensiones, celebrando su gloria pasada sin interferir con el presente.

Lo de señor mayor aplicado a Ringo habría que matizarlo, eso sí, porque aunque la biología le reconoce 78 años, parece un chaval delgado y ágil, con sonrisa imborrable y la muñeca aún firme en la batería, propia de quien asume con naturalidad no haber sido el centro de los Beatles, pero sí haber tenido la vida resuelta desde hace más de 50 años. El concierto tuvo aires de verbena sentimental: empezó con Matchbox, clásico rockabilly de Carl Perkins versionado por los Beatles en 1962, y fue enlazando composiciones propias de todas sus etapas -It Don’t Come Easy, Don’t Pass me By, I Wanna be Your Man-, intercaladas con covers de Santana (Black Magic Woman), Toto (Rosanna), o 10cc (I’m not in Love), bien porque aparecieron en los primeros discos de los Beatles o porque pertenecen a los músicos actuales de su cuadrilla.

Sin ambiciones y con mucha simpatía, Ringo alternó la efervescencia pop de los 60 con el sonido empalagoso del rock adulto de los 70, más algo de reggae y salsa, sin preocupación por parecer moderno. Por momentos parecían una banda tributo de las que giran por los pueblos; otras veces se adivinaban relentes de las glorias pasadas, y hasta arrancaron sonrisas cuando Ringo versionó Yellow Submarine con una broma a costa de Led Zeppelin Pudo haber sido un concierto menos conformista, pero fue exactamente el tipo de concierto que este Ringo crepuscular y simpático había prometido.

Fuente: elmundo.es
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